La incapacidad casi absoluta del ser humano para comprender dónde está realmente es una auténtica tragedia. El humano nace, aprende un nombre, construye una personalidad, memoriza una historia, adopta una nacionalidad, una religión, una ideología, unas cuantas opiniones heredadas y, antes de haber descubierto quién es, ya está completamente convencido de saberlo. Desde ese momento comienza una representación interminable en la que cada individuo interpreta con una seriedad casi cómica un personaje efímero dentro de un escenario cuya magnitud jamás ha comprendido. Es como si una mota de polvo, arrastrada por el viento en medio de un desierto infinito, desarrollara un complejo de emperador y exigiera que toda la realidad girara alrededor de ella. La desproporción entre la inmensidad del universo y la importancia que el ego se concede a sí mismo es tan gigantesca que, si no fuera tan trágica, sería una de las comedias más extraordinarias jamás escritas.
Mientras una persona pasa años alimentando resentimientos porque alguien no respondió un mensaje, porque un desconocido hirió su orgullo o porque la vida no siguió exactamente el guion que había imaginado, la luz de galaxias enteras continúa viajando durante millones de años sin detenerse un solo segundo para preguntar cómo se siente. El universo no consulta nuestras emociones antes de expandirse. Las estrellas no suspenden su nacimiento porque alguien esté ofendido. Los océanos no dejan de golpear las costas porque un ego se sienta incomprendido. El tiempo jamás ha reducido su velocidad para esperar a quien insiste en posponer la única tarea verdaderamente importante: despertar. Hay un humor profundamente negro en todo esto. La criatura que apenas ocupa un instante insignificante dentro de la historia del cosmos se comporta como si el cosmos entero estuviera obligado a justificar su existencia. Se indigna cuando las cosas no salen según sus deseos, protesta contra la realidad, exige explicaciones, reclama privilegios y llega incluso a imaginar que el universo le debe algo. Qué extraña forma de delirio. Resulta difícil decidir si inspira más tristeza que ironía.
La inmensa mayoría vive atrapada dentro de una prisión invisible construida con recuerdos, expectativas, comparaciones y fantasías. Cada cabeza contiene una novela interminable cuyo protagonista absoluto es un personaje llamado "yo". Todo gira alrededor de ese pequeño centro imaginario: mis problemas, mis planes, mis heridas, mis logros, mis enemigos, mis decepciones, mis derechos, mis miedos. Y mientras esa película mental consume cada minuto de atención, el misterio inmenso de existir permanece completamente ignorado. Pocas veces alguien se detiene con suficiente honestidad para formular las preguntas que realmente estremecen la conciencia. ¿Dónde estamos? No en un mapa, sino en la totalidad de la existencia. ¿Qué significa este universo inconcebiblemente vasto? ¿Qué es esta conciencia capaz de contemplarlo? ¿De dónde surgió todo esto? ¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿Quién observa los pensamientos cuando los pensamientos aparecen y desaparecen? Son preguntas que deberían incendiar el corazón de cualquier ser humano. Sin embargo, suelen ser desplazadas por preocupaciones infinitamente más pequeñas: la apariencia, la reputación, la acumulación, la competencia, el entretenimiento permanente. Es como si un viajero en un tren despertara por unos minutos en medio del más extraordinario de los misterios y decidiera emplear ese tiempo discutiendo por el color de la alfombra del vagón.
Quizá la ironía más amarga sea que todos conocen el desenlace y, aun así, casi nadie vive como si lo conociera. Ningún adulto ignora que va a morir. No hace falta demostrarlo. No es una teoría. No es una posibilidad remota. Es el único acontecimiento cuya certeza supera cualquier otra. Y, sin embargo, la humanidad ha conseguido desarrollar una habilidad extraordinaria para vivir de espaldas a esa verdad. Se habla de la muerte únicamente cuando irrumpe demasiado cerca; luego vuelve a enterrarse bajo montañas de ruido, ocupaciones y distracciones, como si dejar de pensar en ella pudiera retrasar su llegada. La escena posee un matiz casi grotesco: personas organizando con minuciosidad los próximos veinte años mientras ignoran si terminarán la conversación que están teniendo ahora mismo; individuos consumidos por discusiones insignificantes sin advertir que el reloj continúa avanzando con una precisión implacable; generaciones enteras empeñadas en conquistar prestigio, riqueza o reconocimiento, como si la muerte respetara los títulos colgados en una pared o distinguiera entre quien fue celebrado y quien fue olvidado. La muerte no necesita levantar la voz. Su fuerza reside precisamente en que nunca corre, nunca se impacienta y jamás pierde el camino. Mientras todos hacen planes, ella simplemente camina.
Y, sin embargo, el aspecto verdaderamente desolador no es que la muerte exista. Lo verdaderamente inquietante es que tantos seres humanos atraviesen el milagro irrepetible de la existencia sin haber contemplado nunca con profundidad el misterio de estar vivos. Tal vez esa sea la gran catástrofe silenciosa de nuestra especie, no el hecho de que la vida termine, sino el hecho de que pueda terminar antes de que alguien despierte del todo. Porque cuando el último aliento llegue, no preguntará cuánto dinero quedó en la cuenta, cuántos seguidores hubo, cuántas discusiones se ganaron o cuántos enemigos fueron derrotados. Solo quedará una pregunta desnuda, imposible de esquivar y completamente indiferente a todas las excusas que el ego fabricó durante décadas: después de haber recibido el extraordinario e inexplicable privilegio de existir por un instante entre dos eternidades, ¿llegaste realmente a comprender quién eras y dónde estabas, o pasaste toda tu vida entretenido con el ruido de tus propios pensamientos mientras el universo, inmenso y silencioso, seguía su curso sin necesitar jamás que tú existieras?