VIVIR CON LAS MANOS ABIERTAS

Olvidas que has venido a este mundo solamente por un tiempo. Esto es apenas una estación, un campamento en el viaje eterno. Si olvidas que esto es un campamento y continúas diciendo: «Esto es mío, esto es mío», tú mismo creas tu propia miseria."

VIVIR CON LAS MANOS ABIERTAS

Olvidas que has venido a este mundo solamente por un tiempo. Esto es apenas una estación, un campamento en el viaje eterno. Si olvidas que esto es un campamento y continúas diciendo: «Esto es mío, esto es mío», tú mismo creas tu propia miseria."


Vivimos como si hubiéramos llegado a este mundo para permanecer eternamente en él. Planeamos décadas, levantamos imperios personales, defendemos posesiones, alimentamos orgullos, acumulamos recuerdos y construimos identidades con una intensidad casi desesperada, olvidando que el suelo que pisamos nunca fue nuestro hogar definitivo. Hemos confundido el camino con el destino. Hemos convertido una posada en una patria, un refugio temporal en una residencia permanente, un campamento levantado para pasar una noche en una fortaleza desde la que creemos que podremos resistir para siempre el paso del tiempo. Allí comienza el sufrimiento, exactamente en el instante en que pronunciamos por primera vez la palabra "mío" creyendo que esa palabra tiene algún poder sobre la realidad.


La vida entera conspira para enseñarnos la impermanencia y, sin embargo, dedicamos toda nuestra energía a negarla. Cada amanecer nace para desaparecer unas horas después. Los árboles pierden sus hojas y vuelven a cubrirse de verde una y otra vez. Los ríos jamás conservan la misma agua. El cuerpo que hoy llamamos nuestro ya no es el mismo que habitábamos hace diez años, y dentro de diez años volverá a ser completamente distinto. Las células mueren y nacen constantemente, el rostro envejece, la piel cambia, la fuerza disminuye, las emociones se transforman y hasta las ideas que un día defendimos con absoluta convicción terminan siendo reemplazadas por otras. Todo cambia. Todo fluye. Todo se mueve. Sin embargo, la mente humana intenta congelar aquello que por naturaleza nació para moverse. Quiere detener el tiempo, conservar la juventud, retener a las personas, inmovilizar las circunstancias, prolongar indefinidamente los momentos felices y expulsar para siempre el dolor. Esa lucha está condenada al fracaso desde el principio, porque la vida es movimiento. La permanencia pertenece únicamente a aquello que está más allá de las formas, mientras que todo cuanto los sentidos alcanzan a percibir pertenece al reino de lo transitorio.


Una de las ilusiones más profundas consiste en creer que poseemos algo. Decimos con absoluta naturalidad: mi casa, mi esposa, mi esposo, mis hijos, mi dinero, mi empresa, mi conocimiento, mi prestigio, mi cuerpo, mi historia. Lo repetimos tantas veces que terminamos convencidos de que esas palabras describen una realidad. Pero basta un instante para descubrir que jamás fueron ciertas. Una enfermedad puede arrebatarnos el cuerpo que creíamos controlar. Una crisis puede borrar el patrimonio acumulado durante décadas. Un accidente puede cambiar para siempre nuestros planes. Los hijos crecen y emprenden su propio camino. Las personas que amamos también están realizando su propio viaje y un día continuarán caminando sin nosotros o nosotros continuaremos sin ellas. Incluso los recuerdos, que parecen tan sólidos, comienzan lentamente a desdibujarse con el paso de los años. Hay rostros que alguna vez juramos no olvidar jamás y que hoy apenas podemos reconstruir en nuestra memoria. Hay voces que ya no recordamos con claridad. Hay lugares que parecían imborrables y que ahora sobreviven únicamente como fragmentos dispersos en nuestra imaginación. Todo aquello que parecía firme comienza lentamente a desvanecerse porque esa ha sido siempre la naturaleza de este mundo.


La memoria es uno de los grandes arquitectos de la ilusión. Creemos que vivimos en el presente, pero en realidad pasamos buena parte de la existencia habitando ciudades construidas con recuerdos. Volvemos una y otra vez a conversaciones que terminaron hace muchos años. Revivimos heridas antiguas como si todavía estuvieran ocurriendo. Alimentamos culpas nacidas de decisiones que ya no pueden modificarse. También nos refugiamos en momentos felices que jamás regresarán exactamente de la misma manera. Nos convertimos en coleccionistas de fotografías interiores, caminando por galerías invisibles donde contemplamos una y otra vez escenas que pertenecen a un mundo que dejó de existir hace mucho tiempo. Pero ningún recuerdo puede devolvernos aquello que el tiempo ya transformó. La memoria es un hermoso instrumento cuando sirve para aprender, agradecer y comprender; se convierte en una prisión cuando pretendemos vivir dentro de ella. La nostalgia puede ser tan esclavizante como el miedo al futuro, porque ambas apartan la conciencia del único lugar donde realmente ocurre la vida: este instante que respira frente a nosotros y que, mientras lo pensamos, ya está desapareciendo.


La muerte es contemplada como el gran enemigo, cuando en realidad es la maestra silenciosa que acompaña cada momento de nuestra existencia. No espera escondida al final del camino; camina junto a nosotros desde el primer aliento. Cada segundo que pasa es también un segundo que jamás volverá. Cada cumpleaños no solamente celebra un año vivido; también señala un año menos de permanencia en este mundo. Sin embargo, lejos de convertir esta realidad en una causa de desesperación, debería transformarla en una fuente inmensa de lucidez. Saber que todo termina vuelve precioso aquello que todavía permanece. Si supiéramos con absoluta certeza que hoy veremos por última vez el rostro de una persona querida, probablemente la miraríamos con una atención completamente distinta. Si supiéramos que esta conversación será la última, elegiríamos las palabras con mucho más cuidado. Si comprendiéramos profundamente que nadie posee garantizado el amanecer de mañana, dejaríamos de desperdiciar horas enteras alimentando resentimientos, orgullos y discusiones inútiles. La conciencia de la muerte no disminuye el valor de la vida; lo multiplica infinitamente. Nos recuerda que cada instante constituye un regalo irrepetible y que precisamente por ser irrepetible merece ser vivido con toda la presencia del corazón.


La ilusión más poderosa consiste en creer que algo o alguien nos pertenece. Hay personas que ya no saben quiénes son sin su profesión, sin su patrimonio, sin su pareja o sin el papel que desempeñan ante los demás. Han construido una identidad apoyada exclusivamente sobre circunstancias externas. Cuando esas circunstancias cambian, sienten que toda su existencia se derrumba. No comprenden que lo único que realmente se ha derrumbado es una imagen mental cuidadosamente fabricada durante años. La conciencia permanece intacta, pero el personaje sufre porque confunde el escenario con el actor. La vida cambia de decorado continuamente, mientras nosotros insistimos en aferrarnos al telón que acaba de caer. El sufrimiento aparece cuando intentamos impedir que la obra continúe, cuando exigimos que una escena permanezca para siempre, olvidando que precisamente el movimiento es lo que hace posible la representación.


Quien comprende que este mundo es un campamento comienza a caminar de otra manera. Ama profundamente, pero deja de poseer. Trabaja con excelencia, pero deja de construir su identidad alrededor del éxito. Cuida su cuerpo, pero sabe que un día deberá devolverlo a la tierra de la que fue tomado. Disfruta de la belleza, pero no intenta aprisionarla. Agradece cada encuentro, sabiendo que toda compañía pertenece al tiempo. Vive plenamente, pero ya no exige permanencia. Descubre una libertad desconocida para quien todavía necesita convertir todo en propiedad. Porque aquello que no pretendemos poseer tampoco puede esclavizarnos. El viajero duerme en el campamento, descansa bajo las estrellas, agradece el fuego que lo calienta durante la noche y, cuando llega el amanecer, recoge serenamente sus pertenencias y continúa el camino. No llora por abandonar la tienda donde descansó unas horas, porque jamás olvidó que su destino siempre estuvo mucho más adelante.


La verdadera sabiduría consiste en aprender a vivir con las manos abiertas. No aferrándose desesperadamente a las personas, a los objetos, a las ideas ni siquiera a la propia historia. Las manos cerradas terminan agotándose porque necesitan sostener constantemente aquello que inevitablemente se escapa entre los dedos. Las manos abiertas, en cambio, reciben con gratitud lo que llega y despiden con serenidad lo que parte. En esa actitud nace una paz que no depende de las circunstancias. Ya no existe la ansiedad de conservar, porque nunca hubo la ilusión de poseer. Ya no existe el terror a perder, porque se ha comprendido que nada de lo visible fue realmente nuestro. Solamente administrábamos durante un breve instante aquello que la vida nos permitió contemplar.


Cuando esta comprensión deja de ser una idea y se convierte en una experiencia viva, desaparece la necesidad de repetir una y otra vez "esto es mío". Entonces descubrimos que nunca vinimos a apropiarnos del mundo, sino a aprender de él; nunca vinimos a detener el tiempo, sino a caminar conscientemente dentro de él; nunca vinimos a construir una morada eterna sobre la arena de lo transitorio, sino a recordar, mientras atravesamos este inmenso campamento llamado vida, que el verdadero hogar del ser humano no puede ser destruido por el tiempo, porque nunca estuvo hecho de materia, sino de esa conciencia silenciosa que observa el nacimiento y la desaparición de todas las cosas sin nacer ni morir con ellas.


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